Apartamento Cullera
Apartamento Cullera
DETALLES
Reforma Integral | Diseño, documentación y dirección de obra
Año 2025
82 m2 | 3 Dormitorios | 1 Baño | Patio Interior
Fotografia. Fran Álvarez
EQUIPO
Pedro Garcia, Maaike Pullar
La intervención sobre un apartamento de mediados del siglo XX en el núcleo urbano de Cullera se plantea como una exploración arquitectónica de la experiencia mediterránea del habitar estival. El proyecto no se limita a reformar una vivienda: propone la creación de un entorno doméstico donde la sensación de verano —entendida como libertad, encuentro familiar y ligereza emocional— se convierte en una condición permanente. Esta idea de “verano infinito” se traduce en una atmósfera espacial que evoca vacaciones perpetuas, momentos compartidos y una cierta suspensión del tiempo cotidiano.
El proyecto reinterpreta elementos materiales y tipológicos de las viviendas de los años 60: patrones cerámicos, texturas táctiles, alicantinas enrollables, y detalles constructivos como los bordes visibles en el mobiliario de cocina y los adapta a una concepción más moderna y abierta de la vida doméstica. Esta reinterpretación no es nostálgica, sino que se usa para incorporar y celebrar una cultura del habitar del lugar y del clima.
La intervención parte de una demolición integral de la distribución original, lo que permite repensar el apartamento desde una lógica contemporánea. Esta operación libera el espacio para articular una zona común más generosa y abierta. La reubicación de la cocina y su integración en el espacio común permite optimizar la circulación y reconfigurar el pasillo, haciéndolo mucho más corto e incluyéndolo como parte activa del ámbito social.
La demolición de todas las estructuras existentes también permite una actualización completa de las instalaciones, mejorando el aislamiento y el confort térmico y acústico.
La distribución espacial responde a una zonificación clásica: una zona de día abierta y orientada hacia la fachada exterior, que acoge el jolgorio familiar y las actividades sociales, y una zona de noche compartimentada y privada, que recoge el descanso individual y los pequeños secretos del habitar.
Esta dualidad se formaliza mediante una piel arquitectónica de grosor variable, revestida en cerámica, que envuelve los dormitorios y concentra los servicios domésticos —baño, cocina, almacenamiento— en una única estrategia tectónica. Esta piel se expande y contrae para alojar armarios, el baño completo (1,80 × 2,00 m), y el muro técnico de cocina, estableciendo una frontera matérica entre lo común y lo íntimo.
Esta misma piel también permite generar una transición visible entre la zona común y los dormitorios mediante la creación de unos umbrales profundos en los accesos a cada habitación. Estos portales alicatados con una profundidad de 60 cm actúan como si fueran la entrada a un camerino o a una habitación de hotel privada desde un pasillo común.
Los portales de acceso, las luminarias de pared y el ritmo estructural pintado en un tono contrastado transforman el pasillo en un espacio con carácter, más cercano a la estética de un crucero o un hotel veraniego que a la de una vivienda convencional.
La zona común, concebida como un espacio fluido y social, incorpora elementos que remiten al exterior, dándole una mayor escala y una condición más publica: las luminarias evocan terrazas veraniegas, verbenas y grandes salas comunes de cruceros, la estructura pintada en un tono diferente resalta las geometrías abiertas del espacio, y la cocina se convierte en el centro del hogar y en una referencia escultórica.
La cocina, se articula en dos partes: una zona funcional integrada en el muro técnico, con mobiliario blanco y azulejos de junta verde, y una zona social configurada como un objeto escultórico. Esta isla se compone de tres elementos: columnas de almacenaje (frigorífico y despensa), una encimera de más de dos metros para cocinar, y una barra de obra alicatada que abraza el conjunto. Esta barra remite a las cocinas con encimeras cerámicas típicas del Levante español en la primera mitad del siglo XX, reinterpretadas aquí mediante un patrón bicolor que actualiza los frisos tradicionales.
Los muebles de cocina se ejecutan en madera con bordes visibles, recuperando el lenguaje de las cocinas de obra y de las modernas de los años 60, donde las puertas se insertaban dentro del marco estructural. Una campana recirculante suspendida del techo completa la composición como elemento escultórico autónomo, reforzando la idea de la cocina como núcleo ritual del hogar.
En la zona privada, los armarios se integran en los dormitorios mediante una base de cajones y un marco superior abierto, alicatado, que define el espacio de colgado. Este marco cerámico, más que un simple contenedor, actúa como una extensión material del lenguaje del proyecto. Para preservar la intimidad, se incorporan alicantinas enrollables que permiten cerrar visualmente el conjunto, introduciendo una solución ligera y tradicional que refuerza la atmósfera mediterránea del interior.
El baño, concebido como cápsula autónoma, se reviste con una “ola” de azulejos amarillos que se despliega en una secuencia continua: desde el lado superior de una pared, descendiendo hasta el suelo y ascendiendo por la pared opuesta hasta la repisa, generando una envolvente en forma de “U” que contrasta con el resto del espacio, revestido en otro tipo de cerámica.
El proyecto incorpora también el patio de luces, originalmente residual, como un jardín privado al que se accede desde la cocina. Este patio permite que el salón y la cocina reciban luz y ventilación desde dos orientaciones opuestas. Aunque modesto en escala, este gesto añade una dimensión más al proyecto, recuperando la tradición mediterránea de los patios interiores como lugares de posibilidad, donde la vida puede ocurrir fuera de la lógica programática.
La paleta cromática refuerza la narrativa espacial: los tonos verdes de las habitaciones evocan los pinos mediterráneos y el bosque levantino; los tonos terracota y melocotón de las zonas comunes remiten a la arcilla cerámica y al color de la tierra. Todo ello con un sesgo hacia los tonos de mediados del siglo XX, más suaves
En conjunto, esta intervención propone una arquitectura doméstica que no se limita a resolver funciones, sino que reconstruye una experiencia cultural. En un contexto de estandarización del espacio residencial, el proyecto reivindica el diseño como herramienta para recuperar el placer de habitar, la memoria compartida y la poética de lo cotidiano.